Lo que en teoría debería ser un plan para reconstruir una franja devastada por años de guerra se ha convertido en un proyecto que muchos califican como una visión ajena a las necesidades y derechos de la población que vivió la tragedia.
El pasado 22 de enero, en el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, el yerno y asesor del expresidente estadounidense Jared Kushner presentó lo que se ha denominado el plan “Nueva Gaza”, una propuesta de reconstrucción urbana del enclave palestino tras la guerra con Israel. El plan forma parte de la iniciativa más amplia promovida por la administración de Donald Trump, conocida como “Board of Peace”.
La visión que se expuso en Davos pinta una gigantesca transformación urbana: rascacielos frente al mar, zonas industriales, centros de datos, puertos, aeropuertos e incluso sectores turísticos que buscan convertir Gaza en un hub económico similar a Dubái o Singapur. En proyecciones mostradas por Kushner se contempla, incluso, la construcción de más de 100 000 viviendas en Rafah y un desarrollo económico que generaría empleo masivo si “todo sale bien”.
Pero la realidad en Gaza sigue siendo precaria. A pesar de un alto el fuego vigente desde meses atrás, miles de residentes luchan cada día por agua, alimentos, medicinas y refugio mientras las tensiones, bombardeos y restricciones a la entrada de ayuda humanitaria continúan ocasionando muertes y sufrimiento generalizado.
Migración forzada y derechos olvidados
Uno de los aspectos más alarmantes del plan “Nueva Gaza” es su tiempo, prioridades y condiciones, para iniciar, no existen consultas públicas a los residentes de Gaza sobre el diseño o forma de implementación del plan, lo que levanta preocupaciones sobre derechos a la autodeterminación del pueblo palestino.
Documentos filtrados y análisis de propuestas anteriores vinculadas a las mismas ideas muestran que el plan contempla la relocación “voluntaria” de millones de habitantes, con incentivos económicos que muchos expertos califican como una forma encubierta de desplazamiento poblacional.
Además, no hay definiciones claras sobre propiedad de la tierra, restitución o reparación integral para quienes han perdido hogares, familias o medios de subsistencia. La reconstrucción está condicionada a la desmilitarización de Hamás, un requisito que este grupo ha rechazado, lo que pone en duda la viabilidad inmediata de un plan que promete enormes inversiones sin garantías de paz duradera.
En paralelo, mientras se diseña la “Nueva Gaza” en foros internacionales, la población vive una crisis humanitaria persistente con escasez de comida, agua y electricidad; miles de casas destruidas; y una fragilidad que contradice cualquier ilusión de transformación inmediata.
Críticas desde Gaza y la solidaridad internacional
Organizaciones palestinas han expresado su rechazo al plan, describiéndolo como inhumano e inaceptable, y afirmando que “Gaza debe pertenecer primero a sus residentes”, no a visiones de megaciudades sin raíces locales.
Activistas y expertos en derechos humanos señalan que cualquier reconstrucción auténtica debe incluir:
- Consulta directa a la población dañada y respeto por su voz en decisiones que afectan territorio, viviendas y cultura.
- Protección de derechos de propiedad y restitución de bienes a quienes han sido desplazados.
- Mecanismos de justicia y reparación integral por crímenes de guerra y violaciones de derechos humanos registradas durante el conflicto.
- Respuestas humanitarias urgentes antes de propuestas de desarrollo de largo plazo.
- Garantías de no discriminación y preservación cultural, rechazando proyectos que sacrifiquen identidad por estética comercial o inversión.
Este plan, tal como fue presentado, decide el futuro urbano de Gaza sin garantizar participación ni derechos de quienes deberían ser el centro de cualquier reconstrucción legítima.
¿Un plan de prosperidad o un proyecto de desplazamiento?
La “Nueva Gaza” se promociona como una oportunidad histórica para transformar un territorio devastado en un centro vibrante de industria, turismo y empleo. Pero sin derechos, propiedad, participación ni seguridad humana, esta visión corre el riesgo de convertirse en una maqueta de especulación que ignora la dignidad de una población que sigue sufriendo las consecuencias devastadoras de un conflicto que ha cobrado decenas de miles de vidas y ha desplazado a casi toda su población.
